Prefacio
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Capítulo XII EL FOSFORO, ELEMENTO DE LA VIDA Y DEL PENSAMIENTO
Con objeto de comprender mejor la historia de este admirable elemento de la
naturaleza, voy a citarles dos relatos. Uno se refiere a los tiempos lejanos
de fines del siglo XVII, el otro a nuestros días. Luego, trataré
de hacer deducciones y describir la historia legendaria del fósforo, sin
el cual no puede existir ni la vida ni la facultad de pensar.
Un sótano oscuro, iluminado débilmente por una ventana con reja
dispuesta en la parte alta. Un horno con braseros y fuelle grande de
herrería, voluminosas retortas, densas humaredas que se extienden por la
habitación... En las paredes, inscripciones diversas, sentencias
árabes, pentágramas, cálculos astronómicos, un
cuadro del cielo estrellado y los astros celestes. Por las mesas, en el suelo,
infolios antiguos con encuadernaciones gruesas de piel, llenos de signos
enigmáticos. En el suelo, repartidos por la habitación, se ven
grandes copas para triturar sales, montones de arena, huesos humanos,
recipientes con agua "viva", gotas relucientes de mercurio sobre la mesa, vasos
finos de Cristal, retortas, disoluciones amarillas, pardas, rojas y verdes.
En el centro de este laboratorio antiquísimo, se alza la figura de un alquimista de pelo canoso, encerrado en sus cavilaciones y aislado por muchos años del mundo exterior. Busca la forma de transformar el mercurio en oro, de utilizar la fuerza misteriosa de la combustión para obtener un metal a partir de otro. De mil modos diferentes disuelve polvos y huesos humanos, evapora orina de diversos animales y personas, busca la piedra filosofar que convierte los viejos en jóvenes, que le ayude a obtener el oro valioso a partir de metales simples. En este ambiente misterioso y complejo, resolvían sus problemas los alquimistas del siglo XVII. Sin embargo, sus intentos de obtener el oro del mercurio o de extraer de los huesos la piedra filosofar, fueron infructuosos. Pasaban los años, los experimentos no tenían éxito. Cada vez era mayor el misterio con que los alquimistas cercaban sus laboratorios, ocultando recetas y libros enormes con sus anotaciones. Pero en 1669, un alquimista, que trabajaba en Hamburgo, tuvo más suerte. Tratando de encontrar la piedra preciosa, tomó orina fresca, la evaporó hasta secarla y calcinó el residuo negro obtenido. Al principio lo calentó con cuidado, luego con más intensidad y en la parte superior del tubo comenzó a depositarse una substancia blanca de aspecto céreo que, con gran sorpresa para el alquimista, emitía luz. Hennig Brand, así se llamaba este alquimista, durante largo tiempo mantuvo en secreto su descubrimiento. Los intentos de otros alquimistas de penetrar en su laboratorio fueron inútiles. Gentes poderosas venían a Hamburgo con el propósito de comprar este secreto. El descubrimiento produjo una impresión fantástica, los cerebros más eminentes del siglo XVII se interesaron por él, pensando que había sido descubierta la piedra filosofar. La piedra obtenida emitía a la temperatura ordinaria una iluminación suave; se le llamó "fuego frío" y a la propia substancia "fósforo" (que en griego significa "portador de luz"). Roberto Boyle, uno de los químicos ingleses más notables, y Leibniz, filósofo del siglo XVII, se interesaron enormemente por el descubrimiento de Brand. Poco tiempo después, un discípulo y ayudante de Boyle, consiguió en Londres tan admirables resultados que llegó, incluso, a escribir un anuncio en el periódico: "Gankviz, químico, reside en Londres, calle tal, prepara diversas clases de medicamentos. Además, pone en conocimiento de todo aquel que le interese, que únicamente él, en la capital de Inglaterra, puede preparar fósforo de distintas clases a tres libras esterlinas la onza".
Pero sus en sayos siempre fracasaban. La piedra filosofar no revelaba las
propiedades enigmáticas que se le atribuía y lo único que
recibían los investigadores era algún que otro susto debido a las
explosiones que acontecían de vez en cuando durante sus experimentos.
El fósforo continuaba siendo una substancia misteriosa y no se le
encontraba aplicación adecuada. Hubo necesidad de que transcurrieran
cerca de dos siglos hasta que el químico Liebig, en su modesto
laboratorio, descubrió un secreto más, la importancia del
fósforo y del ácido fosfórico en la vida de las plantas.
Se puso en claro que los compuestos de fósforo constituyen la base de la
vida en los campos de cultivo; y en este laboratorio fue expuesta por primera
vez la idea de que para elevar el rendimiento de las cosechas es preciso
diseminar por los campos los compuestos de "fuego frío".
Conocemos la desconfianza con que fueron acogidas estas palabras de Liebig. Su propósito de introducir en la agricultura el fertilizante de salitre no tuvo éxito y la carga de sales traída en barco desde América del Sur fue arrojada al mar en vista de que nadie deseaba comprarla. Durante mucho tiempo se consideró como fantasía inadmisible la posibilidad de emplear las sales de "fuego frío" para elevar la cosecha de centeno y trigo, para incrementar el desarrollo de los tallos de la apreciada planta fibrosa, el lino. Nuevamente debían transcurrir años de trabajo científico perseverante, antes de que el fósforo se convirtiera en uno de los elementos químicos más importantes en la agricultura.
Luego, el producto concentrado se carga en vagones y decenas de trenes lo
transportan desde las regiones transpolares a las fábricas de
Leningrado, Moscú, Odesa, Vínnitsa, Donbáss, Perm y
Kúibishev para tratarlo con ácido sulfúrico y convertirlo
en una nueva substancia, el fosfato soluble, polvo blanco utilizable como
fertilizante. Millones de toneladas de estos compuestos de fósforo son
diseminados por máquinas agrícolas especiales en los campos de
cultivo, duplicando la cosecha de lino, aumentando la proporción de
sacarosa en la remolacha azucarera, multiplicando el número de
cápsulas en la planta de algodón, elevando la fecundidad de los
cultivos de huerta.
Los insignificantes átomos de fósforo esparcidos por el terreno van a parar al trigo, verduras, a numerosos productos que empleamos para nuestra alimentación. Los cálculos muestran que en cada pedazo de pan de 100 gramos de peso que nos comemos, hay hasta 1 ´ 10 22 átomos de fósforo, o sea, una cifra colosal difícil de expresar en el lenguaje ordinario. Hemos hablado de un yacimiento importante de sales fosfóricas, de apatito, en las montañas de Jibini. Pero, aun teniendo en cuenta la grandiosidad de la producción de las minas de la península de Kola, ellas por sí solas no están en condiciones de abastecer de fósforo todos los campos del inmenso país, puesto que surge el problema del transporte. La cantidad de vagones de concentrado de apatito que llegan a Siberia, Kazajstán y Asia Central no es suficiente. En ayuda del apatito polar vienen los yacimientos recién explorados. La fosforita se produce intensamente en muchos lugares de la parte europea de la Unión Soviética. Yacimientos no menos importantes de este mineral se conocen actualmente en Siberia y Asia Central. En diversas regiones continúa la búsqueda y exploración de nuevos yacimientos. Los depósitos naturales existentes de fosforita permiten obtener decenas de millones de toneladas de fertilizantes fosfóricos, que aportan su fuerza vivificante a los campos del país, saturando con sus átomos creadores de vida los granos de las espigas y los tallos de las plantas. Hemos descrito dos episodios de la historia del fósforo: su descubrimiento y su utilización actual. Más de diez millones de toneladas de abonos fosfóricos se producen anualmente en todo el mundo; de ellas dos millones de toneladas de fósforo se diseminan por los campos de cultivo. El fósforo no sólo se emplea como fertilizante. La importancia de esta substancia va creciendo de año en año. En la actualidad, se utiliza este "fuego frío", como mínimo, en 120 ramas de la industria.
Antes de todo, el fósforo es la substancia básica de la vida y
del pensamiento. El contenido de fósforo en los huesos determina el
crecimiento y desarrollo normal de las células de la médula
ósea y, en resumidas cuentas, es el que implica solidez a los organismos
vivos. El contenido elevado de fósforo en la substancia medular
demuestra el papel importantísimo que desempeña para el trabajo
funcional del cerebro. La falta de alimentación fosfórica
conduce al debilitamiento de todo el organismo. No en vano existe gran
número de medicamentos y preparados farmacéuticos a partir de
fósforo, destinados a restablecer a los enfermos débiles o
convalecientes.
El fósforo le necesitan, no sólo el hombre, sino también las plantas y animales en grandes cantidades. Hemos aprendido a abonar con fertilizantes fosfóricos, no sólo la tierra, sino también el mar. En las bahías cerradas y en los golfos, la fertilización del agua del mar con fósforo, acrecienta considerablemente la multiplicación y crecimiento de algas diminutas y otros organismos microscópicos, lo que conduce a una reproducción intensa de los peces. En los últimos tiempos, el fósforo ha adquirido suma importancia en la preparación de diversos productos alimenticios, especialmente, para las aguas minerales. Aguas minerales de alta calidad se obtienen con ayuda del ácido fosfórico.
Con sales de los ácidos fosfóricos, sobre todo las de manganeso y
hierro, se fabrican excelentes materiales de recubrimiento, dotados de gran
estabilidad. Los mejores artículos de acero inoxidable se obtienen
recubriéndolos con sales fosfóricas. Las superficies de los
aviones pueden hacerse inoxidables empleando revestimientos fosfóricos.
El "fuego frío" del fósforo en otros tiempos ha creado una de las
ramas más importantes de la industria, la fabricación de
cerillas. Nuestros jóvenes lectores no conocen las cerillas de
fósforo que se usaban antes de ser inventadas las cerillas actuales.
Recuerdo todavía, de los años de mi niñez, las cerillas
con cabeza roja basado en fósforo que se encendían
frotándolas en cualquier objeto. Sobre todo nos gustaba mucho
encenderlas raspándolas en la suela de los zapatos. Sin embargo, las
cualidades peligrosas del fósforo obligaron a orientar otro tipo de
cerillas como las que usamos actualmente.
La aplicación del fósforo en las cerillas sugirió la idea
de aplicar esta substancia, no para el fuego frío, sino para la niebla
fría. Al arder el fósforo se forma en la atmósfera
ácido fosfórico que tiene la propiedad de mantenerse
prolongadamente en el aire en forma de niebla.
La historia de la migración del fósforo en la corteza terrestre
tiene extraordinario interés. |
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