PIERRE LAPLACE

A finales del siglo XVIII surgieron las primeras explicaciones acerca del origen del Sistema Solar, elaboradas casi simultáneamente por el filósofo alemán Kant y el matemático francés Laplace, siendo este último quien las desarrolló con mayor profundidad. Su especialidad era la Mecánica Celeste, o sea, el desarrollo matemático de la teoría newtoniana aplicada al espacio. Publicó un libro titulado "Exposición del Sistema del Mundo", en el que expresó sus ideas acerca del origen del sistema solar, concretadas en la "Hipótesis de la Nebulosa Primitiva". Según ella, al principio existía una gran nube de gas, de tamaño mucho mayor que las dimensiones del actual Sistema Solar, animada de un lento movimiento de rotación. Debido a la gravitación, la nebulosa primitiva se fue condensando, a la vez que aumentaba su velocidad de rotación, de acuerdo con el principio de conservación del momento angular. Así fue formándose en su centro una masa fluida, cada vez más densa y más semejante a un sol. Con el tiempo, la velocidad llegó a ser tan rápida que porciones de la nebulosa salieron despedidas, enfriándose y condensándose rápidamente. Y así se formaría el sistema solar, con todos los planetas trasladándose en el mismo sentido, y segregando a su vez pequeñas porciones de materia gaseosa, dando así lugar a la formación de satélites.

La teoría de Kant-Laplace fue muy bien acogida en la comunidad científica de su época, y se mantuvo vigente casi un siglo, a pesar de sus contradicciones, como las irregularidades observadas en la distribución del momento angular del sol y los planetas. A principios del siglo XX comenzaron a aparecer nuevas teorías, conocidas como "teorías catastróficas", que suponían la formación de los planetas debida a la acción de una estrella perturbadora a su paso por las cercanías del sol. Otra teoría suponía que el sol pudo haber formado parte de un sistema doble, y que su estrella compañera explotó como una "nova", formándose los planetas a partir del material proyectado. La hipótesis de Kant-Laplace conducía a imaginar numerosos sistemas planetarios semejantes al nuestro, mientras que las hipótesis catastroficas favorecían todo lo contrario, pues sería difícil encontrar planetas semejantes al nuestro en el resto del universo. La hipótesis de la nova conducía también a la viabilidad de numerosos planetas con posibilidades de albergar la vida.

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