Los pueblos primitivos, al no disponer de otra forma de medir el tiempo que la sucesión de días y noches y la observación de las fases de la Luna, elaboraron sus calendarios basándose en estas últimas. Todos los calendarios de la Antigüedad, salvo el egipcio, fueron lunares (el mesopotamio, el judío, el griego y el musulmán). Sin embargo, el nacimiento de la agricultura trajo consigo la necesidad de controlar la sucesión de las distintas estaciones, regidas por el ciclo del Sol y no por el de la Luna. Los egipcios fueron los primeros en establecer un calendario solar, con 12 meses de 30 días cada uno, más 5 días suplementarios llamados "días inciertos". Los romanos utilizaban un calendario muy rudimentario, hasta que Julio César, en el año 45 aC, aconsejado por el astrónomo Socígenes, estableció un calendario más perfeccionado, base de nuestro calendario actual. El año romano contaba con 365 días divididos en 12 meses, estableciéndose un año bisiesto de 366 días, cada cuatro años, en el que se duplicaba el día 24 de febrero.
