El pájaro que habla, el árbol que canta y el agua dorada

(Cuento gallego de tradición oral)

En un país lejano vivía un zapatero que tuvo tres hijas muy guapas, sobre todo la más pequeña. Las tres eran costureras y pasaban los días en un corredor, cosiendo y mirando pasar gente. Mientras que la pequeña era bondadosa, humilde y hablaba con todo el mundo, las dos mayores eran vanidosas y nada les parecía suficiente.

Un día que las tres estaban conversando, pasó por allí el rey de aquel lugar, y sin que ellas se dieran cuenta, pudo escuchar la conversación que tenían:

- Si el rey me quisiese por mujer, le haría un traje sin costura alguna, como nunca se ha visto -dijo la mayor.

- Si el rey me escogiese a mí, le haría un traje a nuestro hijo que cabría en la cáscara de una avellana -dijo la hermana mediana.

- Pues yo -dijo la pequeña- no le haría ningún traje. pero le daría dos hijos, cada uno con una estrella dorada en la frente.

El rey, quizá por gustarle la muchacha, o porque le agradó lo que dijo, la eligió por mujer y se casaron. Al mismo tiempo, decidió llevarse al pazo a las otras dos hermanas, para ayudar en las tareas..

Pasó el tiempo y el rey tuvo que irse a la guerra, a defender su país. Quiso la suerte que, en su ausencia, su mujer pariese gemelos, un niño y una niña, cada uno con su estrella en la frente. ¡Ah, pero las hermanas de la reina, que eran envidiosas, cogieron a las criaturas, les ataron unas tiras en la frente para taparles las estrellas, las metieron en un cesto de mimbre y las echaron al río que pasaba junto al pazo! Pusieron en su lugar un gato y una gata, también con una figura en la frente, y cuando el rey volvió de la guerra se los presentaron, diciendo que su hermana había parido unos monstruos. Él, al verlos, decidió matarla, estupefacto como estaba de dolor y vergüenza, pero luego, pensándolo mejor, no quiso manchar sus manos de sangre y mandó que la emparedasen. Y así moriría de hambre y sed, si algunas manos caritativas no le hacían llegar pan y agua a través de algún hueco.

El cesto con los niños navegó río abajo, hasta quedar atrancado en un molino, parándolo. Salió el molinero a mirar qué pasaba, y al ver el cesto sintió curiosidad por ver lo que contenía. Lo acercó a la orilla con un palo, pensando que estaría lleno de dinero o cosas valiosas. ¡Cuál no sería su sorpresa al encontrarse con dos niños que llevaban una cinta alrededor de la frente! Llamó rápidamente a la molinera, sin saber qué hacer. Ella, al verlos, no quiso deshacerse de las criaturas, se compadeció de ellas y dijo a su marido que los criarían junto con el hijo que acababan de tener.

Y así pasaron los años, creciendo juntos los tres niños, como hermanos. Los gemelos eran mucho más buenos e inteligentes que el verdadero hijo de los molineros, y por eso éste iba cogiendo cada vez más rabia ante los que creía sus hermanos.

Pero en los sitios pequeños todo se sabe, y al final acabó por enterarse de que realmente no se trataba de sus verdaderos hermanos. Tenían doce años cuando un día, durante una pelea, les dijo que habían sido encontrados, y volvió a casa a contarle a sus padres que le habían pegado.

Los pequeños, intrigados, fueron a hablar con los que creían sus padres, preguntándoles por qué su hermano había dicho aquello. La molinera, que no estaba de buen humor, contestó:

-¡Sois hijos de mala madre, cómo vais a  ser buenos! ¿Por qué le habéis pegado a mi hijo? 

Y entonces ellos comprendieron que no eran sus hijos. Buscaron al molinero, a quien no le quedó otro remedio que contar la verdad. Al saberla, decidieron volver río arriba, en busca de sus padres, sin atender a las súplicas del molinero, que les rogaba que permaneciesen allí, como hijos suyos.

Ante su insistencia, el molinero, con pesar, les dio dos caballos, comida para el camino y siete duros que pudo conseguir.

Tras despedirse, marcharon río arriba, siguiendo el curso del río. Llegaron a un lugar en el que había un ataúd en medio de la plaza, con un hombre muerto en su interior, al que los transeúntes, unos sí y otros no, tiraban monedas. Eso extrañó a los hermanos, que preguntaron la causa de todo:

-¿Y cómo tienen ahí a ese hombre sin enterrar, en medio de la plaza?

- Es que aquí, a los que mueren teniendo deudas, los ponemos ahí hasta que ganan para pagar lo que deben, y a éste aún le falta dinero.

-Pues no me parece nada bien -dijo el muchacho. No es de buenas personas tener así un cadáver. ¿Debía mucho?

-Siete duros -le contestaron, y como era justo la cantidad que tenían, la pagaron y mandaron enterrar al hombre.

Se fueron, sin nada que llevarse a la boca ni dinero para comprarlo. Al día siguiente llegaron a la capital del reino, y vieron a un tendero intentando cuadrar cuentas, sin conseguirlo. El muchacho se ofreció a cuadrarlas, y tan bien lo hizo que el tendero le ofreció un empleo. Él le explicó que tenía una hermana de la que no se separaría, y los tenderos, que ya eran mayores, no tuvieron inconveniente en acogerlos a los dos. Se llevaron muy bien, y cuando al cabo de unos años murieron los ancianos, les dejaron en herencia la tienda y una huerta cercana. Tanto la cultivaron, que pronto la llenaron de flores y plantas, árboles y pájaros, de modo que en lugar de una huerta tenían el más hermoso de todos los jardines, y todo el mundo se acercaba a contemplarlo.

Se daba la casualidad de que el jardín quedaba cerca del pazo real. Y como todos hablaban de aquella maravilla y de los dos muchachos con la tira en la frente, también las tías se acercaron hasta allí. Al verlos los reconocieron, quedando espantadas como si estuviesen ante una visión, pues estaban convencidas de que habían muerto ahogados. Las cintas que habían atado a sus cabezas para tapar las estrellas seguían siendo las mismas, pues nadie había sido capaz de desatarlas.

Volvieron a palacio, pensando en lo que les haría el rey si llegaba a saber que sus hijos vivían, y decidieron hablar con una bruja para que los hiciera desaparecer. La bruja comenzó a ir por el jardín cada día, alabando todo lo que veía, para ganarse su confianza. Y un día le dijo al mozo:

-¿Tienes una magnífica huerta!

-Sí, señora, mejor de lo que merezco.

-¡Ay, pero te falta una cosa!

-¿Y qué me falta?

-El vaso de agua clara. Si la echas en la huerta, donde caiga brotará un manantial de agua dorada que nunca seca.

-¿Y dónde está el agua?

- En el castillo de Irás y no volverás

-¿Y por dónde queda ese castillo?

-Mira, andando a caballo en esta dirección, lo encontrarás pasados ocho días.

-Pues mañana mismo voy a buscarlo.

Preparó el caballo y la albarda, y antes de irse le dejó a su hermana una espada, diciéndole:

-Si la espada gotea sangre, será que algo malo me ha ocurrido, que estoy muerto o en peligro. Mientras la espada esté brillante, será que estoy bien.

A los siete días encontró un viejo en el camino, que le preguntó a dónde se dirigía.

-Voy al castillo de Irás y no volverás.

-¿Y a qué vas allí?

-Voy a buscar el vaso de agua clara, para vaciarlo en la huerta y que nazca en ella un manantial.

-Alguien que te quiere mal te mandó allí. Si vas a ese castillo no volverás a salir. Mejor no vayas, te están engañando.

-He de ir.

-En ese caso, haz lo que yo te diga, porque si lo haces, saldrás, y si no, quedarás allí para siempre. Verás muchas estatuas, pero no son estatuas, sino personas. Parecen muertos, pero no lo están, y allí estarán para siempre. No pienses en ellos. ve, y cuando la puerta esté abierta, esperas a que el reloj empiece a dar las doce. Entonces entras y coges un vaso del agua más sucia que veas, porque en el castillo hay tres fuentes: una que echa agua muy clara, otra algo más sucia y otra sucia del todo. Coge agua de esta última y sal antes de que el reloj termine de dar las doce. Si no lo haces así, se cerrarán las puertas del castillo y quedarás allí encerrado.

El muchacho hizo caso de las recomendaciones, y salió del castillo sin problemas. Volvió a casa, vació el agua en el jardín y brotó un agua limpísima, de oro, que formó una preciosa fuente que provocaba la admiración de los que pasaban por allí. Y el agua dorada brincaba por la huerta, causando la felicidad de los dos hermanos.

La bruja se enfadó al ver que el muchacho no había quedado atrapado en el castillo, así que volvió de nuevo al jardín.

-¿No te dije! ¡Mira qué maravilla! ¡Tienes una magnífica huerta, muchacho!

-Sí, señora, mejor de lo que merezco.

-¡Ay, pero te falta una cosa!

-¿Y qué me falta?

-Te falta el ramo verde, que donde lo pongas nace un árbol que canta con música armoniosa.

-¿Y dónde está ese ramo?

-En el castillo de Irás y no volverás.

-Pues mañana mismo iré a buscarlo.

Preparó el caballo, le dejó a su hermana la espada, y en el mismo lugar de la otra vez encontró al anciano.

-¿A dónde vas? -le preguntó.

-Voy al castillo de Irás y no volverás.

-¿Y a qué vas allí?

-Voy a buscar el ramo verde, para plantarlo en la huerta y que nazca en ella el árbol que canta con voz melodiosa.

-Alguien que te quiere mal te mandó allí. Si vas a ese castillo no volverás a salir. Mejor no vayas, te están engañando.

-Tengo que ir.

-En ese caso, haz lo que digo, porque si lo haces saldrás, y si no, quedarás allí para siempre. Verás muchas estatuas de caballos a la puerta, que son los caballos de los que quedaron allí para siempre; déjalos y no les hagas caso. Cuando empiecen a dar las doce entras y coges el ramo más seco que veas, porque en el árbol hay tres ramos: uno seco, otro a medio secar, y otro verde. Tú coge el seco, y sal antes de que el reloj termine de dar las doce, si no se cerrarán las puertas del castillo y quedarás preso en él.

El muchacho siguió fielmente las recomendaciones del viejo, esperó a que el reloj comenzase a sonar, cogió un ramo seco y salió antes de que acabasen de dar las doce. Volvió a casa, y tan pronto como escarbó un poco en el jardín y puso el ramo, creció un frondoso árbol con muchas ramas verdes y todas las frutas del mundo, y al pasar el viento por sus ramas se escuchaba una maravillosa música que admiraba a todos.

Las tías, desesperadas, mandaron de nuevo a la bruja, que les alabó al árbol:

-¿No te lo dije! ¡Mira qué maravilla! ¡Tienes una magnífica huerta, muchacho!

-Sí, señora, mejor de lo que merezco.

¡Ay, pero te falta en ella una cosa!

-¿Y qué me falta?

-Te falta el pájaro que habla, que lo pones ahí en la huerta y con sus cantos vienen todos los pájaros.

-¿Y dónde está ese pájaro?

-En el castillo de Irás y no volverás.

-Pues mañana mismo voy a buscarlo.

Preparó el caballo, le dejó la espada a su hermana y se fue, y a los siete días le salió al camino el mismo anciano de las otras veces.

-¿A dónde vas? -le preguntó.

-Voy al castillo de Irás y no volverás.

-¿Y a qué vas allí?

-Voy a buscar el pájaro que habla, para ponerlo en la huerta, y que al cantar en ella vengan todos los pájaros.

-Alguien que te quiere mal te mandó allí. Si vas a ese castillo no volverás a salir. Mejor no vayas, te están engañando.

-Tengo que ir.

-En ese caso, haz lo que yo te diga, porque si lo haces saldrás, y si no quedarás allí para siempre. Cuando empiecen a dar las doce entras y coges el pájaro más triste que veas, porque en el castillo hay tres pájaros: uno muy alegre y parlanchín, que salta de rama en rama, otro que habla un poco, y otro que parece que está muerto o muy enfermo, con el pico escondido debajo de un ala, muy triste, y que no habla nada. Tú coge el pájaro triste y sal antes de que el reloj termine de dar las doce, si no se cerrarán las puertas del castillo y quedarás preso en él. Pero ten en cuenta que, en cuanto lo cojas, saldrá un enjambre de pájaros que se te pondrán ante los ojos como si fuesen a picotearte en ellos, con la intención de asustarte y entretenerte. No tengas miedo y sigue adelante. ¡Sal antes de que acabe el reloj!

El muchacho siguió fielmente las instrucciones del viejo, dejó el caballo a la puerta, esperó a que el reloj comenzase a tocar, entró y cogió el pájaro que parecía casi muerto, que ni siquiera pió, pero entonces apareció un enjambre de pájaros de todo tipo y tamaños y se echaron a él como si fueran a picarle los ojos. El muchacho los cerró y perdió el tiempo que tan justo tenía. Paró el reloj de dar las doce y el muchacho se quedó quieto, quedando él y el pájaro convertidos en estatuas de piedra, así como el caballo, que esperaba fuera, y se cerró la puerta.

La hermana, que miraba la espada todos los días, vio que goteaba sangre, y se dijo:

-¡Algo le pasó a mi hermano!

Así que preparó el caballo, preparó la albarda, y se fue. Sabía de sobras el camino, por las indicaciones del muchacho, y al séptimo día encontró al anciano.

-¿A dónde vas? -le preguntó.

-Voy al castillo de Irás y no volverás.

-¿Y a qué vas allí?

-Voy a buscar a mi hermano, que hace quince días salió en busca del pájaro que habla y no ha vuelto.

-Si, alguien que os quiere mal lo mandó allí, pasó por aquí y no siguió mis consejos, por eso está encantado.

-Tengo que ir a buscarlo.

-En ese caso, haz lo que yo te diga, porque si lo haces saldréis los dos, y si no quedaréis allí para siempre. Verás muchas estatuas de caballos y caballeros, no les hagas caso. Tu hermano está en la puerta con el pájaro en la mano. Aunque esté abierta, no entres hasta que el reloj empiece a dar las doce. Entra entonces y toca con tu mano derecha el hombro izquierdo de tu hermano, y dile: ¡Venga, hermano, que hace mucho tiempo que estás aquí! Sal antes de que el reloj termine de dar las doce, o se cerrarán las puertas del castillo y quedarás presa. No te pares a mirar si tu hermano va contigo: tú sal. Ya irá él detrás de ti.

La niña llegó al castillo e hizo lo que el viejo le había indicado, y cuando las puertas se cerraban, su hermano quedó agarrado por las ropas. Ella las cortó con unas tijeras que llevaba, y así pudieron escapar..  

Cuando volvían con el pájaro, les salió al camino el anciano de siempre.

-Ahora que ya no me necesitáis, voy a deciros quién soy. ¿Os acordáis de aquel hombre insepulto que había en la plaza de un pueblo y al que le echaban monedas?  

Pues soy yo. Vosotros me pagasteis las deudas y yo soy agradecido, pues estaba penando. Vosotros me salvasteis a mí y yo a vosotros. Y para despedirme voy a daros un último consejo: haced todo cuanto os mande el pájaro, y él se encargará de buscar a vuestra madre.

Llegaron y soltaron al pájaro en la huerta, y nada más soltarlo revivió, subió a una rama del árbol que canta y se puso a entonar una hermosa melodía. Las ramas se llenaron de pájaros de todos los colores que acudían a escucharlo. Y del mismo modo acudían las gentes, y decían que era una maravilla, pues hablaba de tal forma que todos lo entendían, y a todo sabía contestar, respondiendo a cualquier pregunta.

Tanto se habló de la maravilla del pájaro y del resto del jardín, que llegó a oídos del rey, que quiso ir a verlo. Fue y quedó asombrado, sobre todo cuando el pájaro le dio los buenos días.

-Venid a comer conmigo mañana -dijo a los dos hermanos.

El muchacho no estaba muy conforme, y pidió un momento para meditarlo. Consultó al pájaro, diciéndole:

 

-El rey nos invita a comer en su pazo, ¿qué hacemos?

-Id, pero aseguraos de que yo vaya también.

Entonces dijo el muchacho:

-Sólo voy con la condición de que vaya mi pájaro, pues está acostumbrado a comer de mi plato.

Y el rey, que estaba prendado del ave, consintió. Las tías, en un último intento, envenenaron algunos de los platos que iban a servir a sus sobrinos. Durante el banquete, el pájaro comía de las migas que le iba dando la niña, y no salía de su hombro. Si el pájaro aceptaba las migas, los niños comían de ese plato, si el pájaro no las comía, ellos tampoco.

-¿Qué maravilla es ésta? -preguntó el rey.

-Es que esos platos están envenenados por vuestras cuñadas.

-Explícate mejor -exigió el rey.

Y el pájaro hablaba y cantaba así:

-Permitidme que os cuente una historia: Había un rey que fue a la guerra, y durante su ausencia la reina dio a luz dos niños, cada uno con una estrella en la frente, tan lindos que hasta las flores los envidiaban. Pero sus tías los cogieron, los metieron en un cesto y los tiraron al río. ¡Pobres niños, pobre madre que preguntaba por ellos y no le contestaban! ¡Pero más pobre el infeliz padre que injustamente la mandó emparedar! El cesto fue río abajo y llegó a un molino, el molinero recogió a los niños, crecieron y vinieron río arriba buscando a sus padres, y ahora están frente a su padre, comiendo.

-¿Cómo? -dijo el rey- ¿Que éstos son mis hijos?

-Son, y las estrellas de su frente dirán la verdad.

El rey quiso desatar las cintas de la frente de los niños, pero no fue capaz de hacerlo. Entonces el pájaro le dijo que fuera a buscar a la reina, que era la única que podía hacerlo.

-¡Ay! -dijo el rey- ¡Ya estará hecha ceniza!

-La madre de los niños está emparedada, más bella que el día que la emparedaron -dijo el pájaro.

El rey fue a ver si era cierto. La trajo y ella desató las cintas a los niños, y por vez primera pudieron verse los luceros de sus frentes. El rey les pidió perdón, se puso loco de contento, hizo emparedar a las cuñadas y declaró muchos días de fiesta.

Y ése era el cuento.

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