Con la llegada del calor hay que extremar el cuidado en la elaboración y conservación de ciertos alimentos para evitar la aparición de una enfermedad bastante temida en lo meses de verano: la salmonelosis.
Dicha enfermedad se produce por la infección de una bacteria denominada salmonella, descubierta hace más de un siglo por el científico norteamericano D.E. Salmon.
Las salmonellas viven en los intestinos de algunos animales como el ganado, las aves de corral, las mascotas domésticas, reptiles y tortugas.
El contagio se produce cuando se ingieren alimentos contaminados, especialmente aquellos de origen animal. Los que mayor riesgo de contagio presentan son las carnes rojas, las carnes de aves de corral, la leche no pasteurizada y los huevos, pero también puede producirse la infección por ingerir frutas, verduras y arroz.
Visitante invisible
Las altas temperaturas favorecen la aparición de la salmonelosis y el principal problema es que los alimentos contaminados, por regla general, no huelen mal ni saben peor a lo habitual, por lo que parecen hallarse en buen estado.
Normalmente los efectos de la enfermedad aparecen poco después de la ingestión del alimento contaminado o tras haber tocado animales enfermos de salmonelosis. Los síntomas típicos son fuertes diarreas, fiebre y dolor de cabeza. Pueden durar entre dos días y una semana y suelen desaparecer sin tener que seguir un tratamiento específico, a menos que el paciente sufra una deshidratación severa o la infección se extienda más allá del aparato gastrointestinal. En estos casos los afectados requieren rehidratación y antibióticos para evitar que la infección se extienda.
No existen vacunas que prevengan esta infección, por lo que habrá de armarse de paciencia y seguir las recomendaciones médicas hasta que el mal remita.
Prevenir mejor que curar
Para evitar el desarrollo de las salmonellas hay que poner especial atención en la preparación y conservación de los alimentos.
Cuando se cocinen carnes rojas o carne de aves de corral deben quedar bien cocidas y procurar que la higiene sea perfecta. Los utensilios como cuchillos, tablas de corte y otros elementos deben de estar limpios y lavarse correctamente tras su uso. Además, las manos han de estar perfectamente limpias antes de manipular cualquier alimento, especialmente si se ha estado en contacto con animales que puedan ser portadores de salmonellas. También es importante que si una persona está contagiada por salmonelosis no prepare ni sirva alimentos hasta que se reponga de la enfermedad.
Al preparar una salsa, como por ejemplo mayonesa o bechamel, debe tenerse en cuenta que si los huevos o la leche están contaminados no van a presentar unas características diferentes a lo habitual, por lo que es difícil saber si están en perfecto estado. La leche tiene que haber sido sometida a procesos de pasterización y guardada en el frigorífico. Los huevos también han de guardarse en la nevera y si alguno tiene la cáscara rota es mejor tirarlo (existe una mayor probabilidad de que esté contaminado).
Para evitar riesgos es mejor aderezar los platos con salsas envasadas y precintadas adecuadamente y que presenten garantías de conservarse en perfecto estado.
En caso de que comas en un restaurante o simplemente quieras tomar unas tapas o “pinchos” (especialmente si llevan salsas o huevos) hazlo en locales de confianza y observa las condiciones en las que se hallan los alimentos en los expositores. Deben estar preparados recientemente, protegidos del humo y a baja temperatura.